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| Fotografía de Ambrosio Plaza |
"Pues solamente de la traición a una imagen es de lo que se nos puede pedir cuenta y rendimiento"
domingo, 2 de diciembre de 2012
jueves, 15 de noviembre de 2012
Eso
fue hace 23 años. Orietta vende libros: “universitarios, de
autoayuda, cultura general, novela, literatura y poesía… todos
esos”. Está cansada y lo repite a modo de mantra para sí.
sábado, 1 de septiembre de 2012
viernes, 30 de marzo de 2012
Espacio de intimidad: La casa y el recuerdo de la infancia*
El hombre, que quiere hacer mundo, hace casa. La lleva consigo toda la vida y luego, con el paso de los años, después de tantas marchas y contramarchas, vuelve la mirada ¿hacia dónde? Hacia su intimidad, hacia adentro. El hombre remueve dentro de su ser y allí consigue, entre los recuerdos, aquella casa primera.
Ella
que ya no es de mí
sólo de la memoria
sólo de la muerte
sólo del dolor
Incluso ocultándonos en nuevas paredes, la más mínima señal traerá de regreso aquel primer mundo: la casa original. Las nuevas casas tendrán grietas y las resonancias de voces de la niñez se filtrarán poco a poco, hasta irrumpir y recordarnos que somos el fiel reflejo de aquella casa primigenia y un rompecabezas en el que las ausencias conviven con el ahora.
Es un proceso de búsqueda y reencuentro. Búsqueda de sí y reencuentro con lo aparentemente olvidado. Es allá en la infancia donde están nuestros mayores tesoros. Es ella fuente de la que brota nuestra vida. La casa vuelve ¿bajo qué forma? Es la imagen poética el espacio que alberga los recuerdos. Es el cuerpo en el que revive aquella infancia. La imagen es presencia. Un estar aquí y ahora. Desnudos, libres de artificios cegadores que no hacen más que extraviarnos, somos lo que Hanni llamó la primera trama[1].
Yo no sabía
que había que hacer, y deshacer
como aun tejido
fiel
a una primera y única trama.
Quien pierde la trama primera está sin resguardo. Sin ella —en palabras de Gastón Bachelard— el hombre sería un ser disperso.”
He vivido una casa crepuscular y nocturna
casa doliente
oscilante entre la melancolía y la ebriedad. [2]
“He vivido una casa…” Es un modo peculiar de relacionarse. La casa deja de ser un bien material y pasa a ser una vivencia. Ella no estuvo sólo en la casa, la vivió, y cómo no, si esta casa es la primera experiencia. Pero tampoco hay estabilidad en esta casa. Está hecha de material fugaz, como la materia que conforma los recuerdos. Es casa que oscila entre la melancolía y la ebriedad. Esta ebriedad es la entrega a las fuerzas de la noche que invaden. En reposo estamos prestos a recibir, dejamos la oposición a lo desconocido.
Vi con asombro la amenaza
recibí el derrumbe
La casa ya no es; ahora sólo es recuerdo y a él nos aferramos. Escarbamos como inexpertos; siempre a tientas, sondeamos entre la oscuridad. Las formas olvidadas van retornando, no en líneas certeras, sino en sensaciones. Así configuramos el espacio de la intimidad: algunos colores y viejas esquinas sagradas.
Esos rosados, los verdes, el fucsia intenso
de corazón
el olor en cada cuarto
(…)
la tierra, el barro, los vinos
Es la dinámica del recuerdo. La imagen de la casa es la imagen de la casa sensorial, no la de la dirección y el número. Su identidad reside en las grandes pequeñeces del día a día. Su identidad es una melodía, algún rincón especial. Por eso, el recuerdo es un tanteo en la penumbra, un aproximarse. De tal modo, la casa de Altamira no tiene nombre, pero sí la identidad que otorga la sensibilidad:
Esa casa sin nombre
sonora, febril
verde y rosada
El rememorar lo perdido no siempre resulta feliz. Estamos conformados por pérdidas y ausencias. A veces no queremos recordar y colocamos una gruesa pared entre nosotros y el pasado, entre nosotros y nuestra casa original. En el poema Memoria leemos:
Es mejor
no tener ya más memoria
para el tiempo pasado
las casas, las filigranas, los helechos[3]
*Fragmento del ensayo publicado en la revista Agujero Negro. Nº6, Septiembre de 2010.
[1] Ossott, Hanni (1992); La primera trama. En Casa de agua y de sombras. Caracas: Monte Ávila Editores.
[2] Ossott, Hanni (1992); La casa crepuscular. En Casa de agua y de sombras. Caracas: Monte Ávila Editores.
[3] Ossott, Hanni (1989); Memoria. En Cielo, tu arco grande.
[4] Ossott, Hanni (1992); Prólogo. En Casa de agua y de sombras. Caracas: Monte Ávila Editores.
miércoles, 21 de marzo de 2012
Variaciones
Para Joussette Rivodó, por el terror de la Magnolia
*
Cuando creo nombrar al mundo, son dos los elementos que entran en tensión: mi yo, que quiere imponerse ante lo desconocido y “ser” sobre todas las cosas; pero también entra en juego mi temor: no poderme “hacer” del mundo. Es decir, enviarlo lejos con tan sólo abrir la boca y quedarme con mi pobre palabra.
*
Pero también está el riesgo, la brecha; que bien puede ser pequeña zanja o bien puede transfigurarse en oscuro abismo. Es un terror vespertino; viene a la hora de las formas inciertas. Entonces, la palabra no es suficiente y nos toca señalar con el dedo para dar fe de lo que estamos nombrando.
*
Yo no quepo en la palabra. Soy un además; el trazo después de la última letra.
*
Dice Kafka, “cuando la desesperación resulta tan definida, tan vinculada a su objeto, tan contenida (…) entonces no es la verdadera desesperación”.
*
Salgo al encuentro de mi cuerpo y descubro que no soy yo. Él, mi cuerpo, no es yo. Yo soy esto; soy este pronombre. En cambio él, mi cuerpo, es saliva, sangre… Me siento satisfecha; gobierno mis dos letras; extensión suficiente para poder “estar”.
*
Si mi palabra miente, si me engaña, si oculta lo que está fuera; entonces, callo y escarbo.
*
Digo palabra y empuño un cuchillo; rasgo el vacío. No se trata de violencia; es un conjuro: la epifanía del mundo tras la herida que dejo.
*
Pero las cosas están acechando. Ante ellas la palabra es tímida, débil: siempre habrá un domingo con un verde del que no podremos hablar.
*
Todo está dado y, sin embargo, el vacío.
*
¿Podré, alguna vez, develarle a alguien la imagen que ha visto toda su vida?
domingo, 11 de marzo de 2012
Del relato o lo que ya fue: del movimiento de Blanchot a la esfera de Cortázar*
Decimos problema porque esta visión sobre el relato es riesgosa: los tiempos verbales —sólidas islas— se ven trastocados por un movimiento impreciso. Tal es el movimiento del relato que va hacia un punto que parece haber sido alcanzado, pero que a su vez posibilita lo que será.
El relato es lo que ya fue. Pero aún cuando esta premisa sea escrita en pasado (ya fue) la realización del relato sólo es posible en este gerundio (en el movimiento): el relato —agregamos— se está haciendo a sí mismo, haciendo real lo que ocurrió, en una mecánica perfecta en la que ya nada queda fuera del relato; ya nada fuera de él es real. Esto lleva a Cortázar a sentenciar: Me parece una vanidad querer intervenir en un cuento con algo más que con el cuento en sí. El relato da su regla y no acepta ficciones fuera de ella.
Es este momento de plena libertad en el que el relato es y ya no tiene otro asidero que él mismo. Esto que Julio Cortázar llama la autarquía, el hecho de que el relato se ha desprendido del autor como una pompa de jabón en la pipa de yeso.
Ahora bien, regresemos al movimiento. Hemos dicho que va hacia un punto que ya ha sido logrado. Aquí aparece la forma del relato; su movimiento hacia sí no brinda una imagen: la esfera.
Explica Cortázar que la situación narrativa en sí debe nacer y darse dentro de la esfera, trabajando del interior hacia el exterior, sin que los límites del relato se vean trazados como quien modela una esfera de arcilla.
En ambos casos la evocación está presente; se trata de darle lugar al relato, lugar y ritmo; también estructura. De tal modo que la dinámica del relato es la reminiscencia.
lunes, 27 de febrero de 2012
Nuestra imagen

Nuestra imagen, desde luego, no es una; nuestra imagen se propaga como griega sobre pared a punto de venirse abajo; nuestra imagen emergió desde la crisis; nuestra imagen es siempre otra imagen y otra y otra; nuestra imagen amenaza con explotar todo el tiempo; es una inminencia, un presagio, un mal augurio.
La ética de nuestra imagen quebró hace rato la pendejada de lo correcto y lo errado; de hecho, quebró y rehízo todas las dicotomías: se las tragó una a una, las devoró y las escupió sobre una pared. La ética de nuestra imagen es nocturna y marcha a tientas, con sigilo; también es diurna; mantiene vigilia mientras los desprevenidos duermen: es alerta, señal, alarma, ¡no disparen! ¡Cuidado…!
El tiempo de nuestra imagen es el de “¡corre!, ya es tarde”; ella va de regreso, viene apresurada, va en la vanguardia, sale a nuestro encuentro: nos mira y da media vuelta: guiño de ojos, grito, bofetada.
Nuestra imagen está-ahí; arrastra un pasado opaco y espeso. No tiene presente: ella es presencia. Anuda, ata, desata y remata a destiempo los deseos y las frustraciones.
Es punto de (des)encuentro en la trama cotidiana. No está alineada; ni izquierda, ni derecha, es descentrada. Mira su ombligo y no se encuentra.

Es un gran sí, no titubea, no duda. Redonda, nuestra imagen es redonda; camina sobre sus pasos. Su verdad está-ahí. Sin misterio, convoca todos los silencios. Es un coro mudo. También grito ahogado por las sirenas. Bala mal dirigida que da en el blanco.
Indecente en la mañana; modesta entre el humo y el sol de medio día; tímida lucidez por las tardes; revelación y resplandor de media noche. Antes de que cante el gallo lo habrá dicho todo.
