jueves, 25 de julio de 2013

Ficciones para una memoria petareña de Caracas*

Soy de Petare, así que mi conexión con Caracas, hasta hace poco más de un lustro, estuvo signada por una sola cosa: el Guaire. De hecho, ser de Petare significa nacer “al lado del río”. No parece una imagen feliz, es más bien amarilla y sucia, pero me gusta, me gusta haber “navegado” hasta acá. Digamos que provengo de un pequeño infierno llamado Petare y que Caracas tiene el potencial de ser mi purgatorio.
Uno de mis paisanos del río, Alí Gómez García, lo narra así: “Mi tía Hilda se quedó acostumbrada a decir que ‘voy para Caracas cuando iba a comprar algo en el centro de la ciudad, que es bien chévere y la atraviesa un arroyo jediondo, que dicen los viejos antiguos que una vez se llamó río Guaire, o sea que yo más bien nací y me percaté de la vida en una ribera del Guaire”.
Llegar (o regresar) a este purgatorio (que no promete cielo, pero sí amenaza con devenir infierno) ha sido tema de depresiones literarias. Es célebre el aburrimiento de la pobre María Eugenia Alonso cuando descubre que Caracas no es “una copia pequeña de París”; la frase infame data de las misiones diplomáticas de Guzmán Blanco a suelo galo y fue motivo de burla entre los costumbristas.
El desencanto de la protagonista de Ifigenia no es gratuito. La compra de muebles y altares parisinos para la basílica de Santa Teresa hizo que propios y extraños fantasearan con el afrancesamiento de la ciudad. Ya en 1883, un español de apellido Güell y Mercader advertía que Caracas “convirtióse, como por encanto, en una capital europea”.
La idea de que este pedazo de tierra puede ser otro más chic se prolongó hasta finales de los 50 y encontramos en la pluma de uno de los socialdemócratas más insignes, Mariano Picón Salas, lo siguiente: “Se fue haciendo de la ciudad una especie de vasto -a veces caótico- resumen de las más varias ciudades del mundo; hay pedazos de Los Ángeles, de San Pablo, de Casablanca, de Johannesburgo, de Jakarta”.
Caracas promete ser otra, pero, mientras tanto…“Usté me tapa esta quebrada y me corta aquel monte allá que con la ingeniería me arreglo yo, pero doctor mire que esto es zona verde. Qué zona verde ni que manga ‘e chaleco pichón, que este edificio no me lo tumba ni Mandrake, entonces cerramos esta calle y la estatua del poeta ese la mudamos para El Llanito; cuál casa colonial, eso lo que es un peligro, pa’bajo es que va y después veremos”.
El relato pertenece a Aníbal Nazoa, se remonta a la década de los 70 y recoge una de las singularidades constitutivas de esta urbe: la improvisación. Incluso, nuestro orden es confuso. Con éxito, Jenny Tallenay logró, en 1878, dar cuenta de la relación complicada de las calles y sus intersecciones: “El sitio en el que cuatro cuadras constituyen los cuatro ángulos de dos calles que se cruzan es una esquina”.
Dos siglos después, el trazado irregular trae consecuencias al bolsillo. “Nadie, ni el matemático más insigne del mundo, es capaz de establecer un cálculo aproximado acerca del costo real de una carrera de taxi en Caracas”, escribe Nazoa.
Míticas también son las “colas fantasmas”, a lo que Aníbal pregunta: “¿Por qué no se crea un Departamento de Ciencias Ocultas que se ocupe de averiguar la causa?”.
LOS HIJOS DEL DERRUMBE
Dice Ítalo Calvino que “cada ciudad recibe su forma del desierto al que se opone”; Caracas se alza contra una montaña. Key Ayala fue capaz de cifrar el sino de los hijos de este valle: “Nacidos bajo el signo del Ávila, a él vuelven. Bajo el signo del Ávila nacieron y bajo el signo triunfaron. Sea el signo del Ávila todavía por siglos, nuestro signo”.
El Waraira Repano emerge como promesa, respiradero, expiación; también es desvarío. El Ávila de Orlando Araujo es “un toro, una esfinge, un lomo de lagarto azul y verde y amatista”.
“Pocas cosas me gustan tanto en este mundo como el color del Ávila al atardecer”, confiesa un García Márquez alucinado por los tres meses posteriores a su llegada a Venezuela en 1957.
La visión de las “azules lomas” nublaron de lágrimas los ojos de Pérez Bonalde en Vuelta a la patria, pero no todos los hijos de la ciudad de los techos rojos han encontrado en ella una madre amantísima. Un Bolívar amargo declara en el “Manifiesto de Cartagena”: “Yo soy, granadinos, un hijo de la infeliz Caracas, escapado prodigiosamente de en medio de sus ruinas físicas y políticas”.
Curiosamente, la proclama desdichada se remonta al año del terremoto. Pareciera que la ruina persistió como un fantasma desde entonces y llevó a Cabrujas a sentenciar: “Como hay personas que proclaman con orgullo pertenecer a un pueblo de grandes constructores, me atrevo a exhibir —hasta con cierta jactancia— que provengo de un pueblo de grandes ‘derrumbadores’, un pueblo demolicionista que hizo del escombro un emblema”.
Todo comenzó con la bola de acero que tumbó el Hotel Majestic. El último episodio de esta trama de escombros fue la caída del Retén de Catia. “La demolición ha sido, durante muchos años, nuestro principal sentido arquitectónico”, apunta Cabrujas. Mientras que Mario Briceño Iragorry se muestra más optimista: “Nos cubrimos del polvo de las demoliciones; somos caballeros condecorados por el asombro, para que comience a levantarse —acaso más feliz— la Caracas del siglo XXI”.
Juan Nuño dijo que ninguna ciudad es inocente. La sabiduría de Caracas consiste en saberse imposible, es decir, condenada a no poder ser. Mi idea de ciudad, desde los 18 años, está atada a un poema de Cavafis: “No hay barco para ti, no hay camino. / Al perder tu vida aquí, / en este rinconcito, en toda la tierra la has destruido”.
Soy hija de extranjeros, mi memoria de Caracas es ficción. El recuerdo más lejano de esta ciudad es mi madre impidiéndome tocar los garabatos de Picasso en una sala fría de museo. Mi primera alucinación caraqueña fue “El gusano de luz” de Julio Garmendia, pero la traición vino al quite: el animalejo de la infancia era una librería que ya no existe. Así quedó sepultada mi esperanza en torno a esta ciudad y comprendí, para siempre, que el desencanto es un placer literario.
*Publicado originalmente en la edición Nº39 de la revista Épale, con motivo del aniversario de Caracas.

martes, 18 de junio de 2013

Los tentáculos de La Gran Pulpería del Libro Venezolano

Un marasmo contenido en una vitrina: figurillas de barro de cerámica, monedas, puñales, libros, una réplica de un barco, collares, cuentas, postales, más monedas, más postales, juguetes artesanales, adornitos, pepas, corchos y corchos, envases trasparentes, una puerta rematada con frutas falsas (ajos, jojotos, cambures, manzanas), un desfile de objetos colgando: cuatros, maracas, asadores, reliquias, sombreros de mariachi, vírgenes, cristos asechando grabados desgastados… los tentáculos de la Gran Pulpería del Libro Venezolano se multiplican en una desordenada regularidad.
La fachada del localcito es la máscara chiquita y modesta de lo inconmensurable. Sin embargo, hasta el ilimitado tiene número: tres millones y medios de libros apilados en un sótano.
No por cifrado, este laberinto pierde infinitud. A la entrada, el cartel “deje bolsos y carteras” debería rezar “abandone aquí toda esperanza”. Entre miles de libros, hallar un libro parece imposible.
Etiquetas corroídas sobre los estantes dan cuenta de míticos inventarios y rinden tributo a un bibliotecólogo (¿fue solamente uno?), que debió cumplir la tarea divina de organizar el mundo, en el principio, cuando no era el verbo sino miles de voces hecha libro.
Cuando las referencias son EXIT y una caja de fichas amarillentas, el centro es una ficción. Cuál es el primer libro, dónde está el último. El fin de la Gran Pulpería es inimaginable. A pesar de la sucesión de estantes, la línea recta también parece un engaño ¿Vamos? ¿Venimos? ¿El punto de regreso es…?
Maurice Blanchot (probablemente ubicado en la sección de filosofía o de literatura francesa o en la de ensayos o qué se yo) llama a esto la “mala eternidad”, el absurdo de regresar sin haber salido.
En el lugar del extravío dice: “Nunca se va de un punto a otro; no se sale de aquí para ir allá; ningún punto de partida y ningún comienzo en el andar”.
SE SOLICITAN VIRGILIOS PARA RECORRER EL INFIERNO
El descenso al sótano no es cosa fácil. Contra todo pronóstico, bajar a los abismos no es tan sencillo como decir: “Buenas tardes, quiero ver qué hay”. Al infierno de los libros van los elegidos, gente tocada por la gracia de la administradora, Dantes que saben perfectamente qué libro es su Beatriz y no se extraviarán mirando a los lados.
Este infierno de papeles tiene no un Virgilio sino varios. El primero es omnipresente. Se trata del Rafael Ramón Castellanos, un hombre de 80 años con 75 libros a cuestas. Es el gerente, es el doctor, es Dios y “no da entrevistas a NADIE”. Así lo sentencia una mujer que es lo más próximo a Caronte, la barquera encargada de conectar a los vivos con la otra orilla, eso que está al finalizar las escaleras. Es una mujercita flaca, joven y cansada, pero se debe confiar en ella. Se supone que sabe dónde está el uno entre los tres millones y medio. Se supone que no nos miente, se supone que jamás le fastidiaría ir a buscar un ejemplar, a ella le debemos no menos que una fe obtusa.
La otra, la administradora, es una regordeta blanquísima de lentes de pasta negros y boca pintada de rojo. Su ritual de embalar libros le ha dejado un rictus amargo en el rostro. Con ella se negocian las rebajas, con ella se negocia el paso al sótano. Su beneplácito garantizará la dicha de “ver qué hay”, pero su negativa es implacable: “Anote en un papel el nombre de los libros, tome nuestro número, llame en tantos días”.
Le gusta Ángeles Mastreta (¡Dios mío, habrá una mujer a la que no le guste!). Quiere darle pompa a sus inclinaciones de lectora: “Fue la primera mujer en ganar el Rómulo Gallegos”. Dubitativa trata de acertar el libro premiado: ¿Arráncame la vida o Mal de amores?
Las indicaciones son vagas: “El señor que vino ayer, la que llamó hace rato, los que tumbaron la pila de libros X en la parte Z del sótano, el negro que estaba al lado del rojito; no, no, ese no, el rojito grande… No hay paso ni hoy ni mañana ni pasado mañana, no hay personal, hay inventario”. ¡Quién carajo hace el inventario si no hay personal!
LECTURAS PELIGROSAS
Un hombre fornido entra con un ridículo perrito negro: “¿Tiene resmas de papel?”. Otros van por fotocopias: “Al lado, mijo”. Hay unos que van a robar. Es el caso de un viejito que, además de llevarse cantidades considerables de libros e invertir casi mil bolívares regularmente en sus compras, “siempre tiene que llevarse algo”. Primero fueron tres postales, luego pasó a cosas más grandes. “Hay que vigilarlo; roba por placer”.
Hay un sinfín de clasificaciones de libros, también las hay para los lectores: “Estúpidos o malvados”, dice Borges. Unos imaginan un comisario gubernamental controlando la circulación de los libros (un cliente insistía, con obstinada convicción, en que el Gobierno “había mandado a recoger El hombre que amaba a los perros”). Otros, lectores fichados por el G-2, sueñan con una oficina misteriosa que restringe el cupo de dólares con el fin de evitar lecturas peligrosas (aquello de que el libro es un arma llevado a su última consecuencia).
El temor al libro es recurrente en la historia.Prueba de ello son las quemas de bibliotecas, como la mítica de Alejandría, y saqueos como el perpetrado este año durante la intervención militar de Francia en Tombuctú. “Solo el libro es explosión”, advertía Mallarmé.
También están los temores domésticos, no por ello menos grandiosos (“si lee La Biblia entera, enloquecerá”). Mi madre, por ejemplo, debía leer pasada la medianoche, con velas, encerrada en un cuarto de cachivaches, y ocultar los libros antes del amanecer en la parte de atrás de los cuadros de la casa. Un ejemplar descubierto por su hermano mayor iba a parar al patio trasero, ¡al fogón, no más!
IMAGINAR LIBROS (O DE CÓMO RECORDAR ES MENTIR)
La Gran Pulpería lleva 14 años en Chacaíto y dos décadas antes estuvo en el Pasaje Zingg, en el centro de Caracas. Los libros tienen un código, una letra acompañada de unos dígitos, multiplique por seis y ese es el precio.
Como el río de Heráclito, nadie baja dos veces al mismo libro. Hay gente que pregunta por títulos sin saber de qué van. Otros que recuerdan pasajes y no autores. A los millones de libros les corresponde un número exponencial de lecturas. Pareciera como si cada línea aguardara por un lector diferente; pareciera como si todas estuvieran vedadas a un solo hombre.
¿Recordamos un libro o lo inventamos? Con los años, fragmentos “sagrados” han reaparecido en mi memoria con modificaciones. Un verso del poema querido ha huido y su retorno ha sido infame. También está el libro que uno quiso escribir, la palabra justa o la vivencia falsa (alguien me juró que solo sabía de tordos por Ramos Sucre). El recuerdo de una lectura emerge como un collage de posibilidades que oscilan entre lo que el autor pensó, lo escrito, lo leído y lo imaginado por el lector.
EL PARAÍSO MARGINAL
En este lugar de misterio, el paraíso no puede sino ocupar un lugar marginal, a ras de piso, donde los tramos de los estantes se han convertido —por la magia de la regularidad y la repetición— en superficie homogénea y máscara protectora de quién sabe qué secretos.
En uno de los laterales de la escalera que conduce al sótano reposa la Antología de la literatura marginal de Caupolicán Ovalles. Hallarlo en esa última fila, renegada a la dictadura del polvo, no puede ser otra cosa que un accidente.
Su ubicación es elocuente, se da con el libro por error, así como la “palabra marginal es aquella que, dentro de la palabra escrita, fue hecha por el hombre contra su voluntad o sin querer desearla”.
En esta boca del infierno el paraíso es accesorio. Ovalles lo sabe, y su Antología le advierte al viandante iniciado en el recorrido del pasadizo que conecta con el abismo de los libros:
Laberinto y punto quinto:
POR LABERINTO PASARÁN TODOS Y SALDRÁN TODOS AL INFINITO MARGINAL QUE ES EL PARAÍSO
¡SALUD!
EL LIBRO NUESTRO DE CADA DÍA
Se pregunta Borges, con angustia domesticada: “Qué libro de esta librería nos cifra, nos resuelve. En cuál de todos nuestra historia”. Saber cuál es el libro que nos revela como pueblo no es tarea fácil, mucho más de este lado del Atlántico. Ser un europeo es una evidencia (dijo un europeo); ser latinoamericano, no.
En un país forjado políticamente por adecos y con programas escolares adecos no es raro que se imponga como gran escritor a (¡oh, sorpresa!) un adeco, y allí está: la barbarie de Doña Bárbara y las luces de Santos Luzardo. El mundo reducido a su mínima expresión, una trama transparente a más no poder y afuera del libro lo real; tras el punto final, el llano opaco y las contradicciones.
Claro que hay libros que dan luces sobre lo “nuestro” antes del punto final, pero no están en la sección de literatura venezolana sino en misceláneas. Así, entre cualquier vaina, encontramos a Argenis Rodríguez, loco de tanta lucidez. Argenis que para “contarnos” se divorció no de todos, sino de cada uno. Argenis que con altanería dijo: “En Venezuela el único escritor que se fue a las guerrillas fui yo”.
Argenis relatando “la absoluta degeneración de Teodoro Petkoff y Pompeyo Márquez” (Escrito con odio). Argenis dando una “breve relación de la destrucción de un país” (Relajo con energía). Argenis contando la mañana del golpe contra don Rómulo; sí, el escritor adeco en el país adeco abandonado por adecos (La caída de un presidente). Argenis en las misceláneas de la Gran Pulpería.

Publicado originalmente en la revista Épale Ccs Nº 34, pág. 9. http://www.ciudadccs.info/wp-content/uploads/EPALEN34_web.pdf

domingo, 19 de mayo de 2013

Eufemismos para la guerra


Antes de que cayera la primera bomba de la OTAN sobre suelo libio las empresas de comunicación ya habían hecho su trabajo, a saber, allanar el camino para que los muertos (50 mil de acuerdo a datos “oficiales”) fueran algo menos que lo “necesario” para sembrar la “democracia” gringa en la nación.
En aquel entonces, encontramos frases memorables de la retórica guerrerista imperial como por ejemplo los “bombardeos humanitarios”. También hubo sutiles deslizamientos de conceptos: mercenarios eran llamados rebeldes; masacres llamadas enfrentamientos; muertos y daños colaterales eran lo mismo.
Una vez más, el diario venezolano El Nacional suma su granito de arena en la avanzada mediática para preparar el terreno de la intervención militar extranjera en medio oriente: “Israel realizó hace menos de una semana bombardeos preventivos contra Hezbolá, que pretendía hacerse de armas químicas”.
¡Bombardeos preventivos! Semejante eufemismo es cortesía del periodista Manuel Tovar y se trata de la versión elegante de un ataque aéreo militar contra un pueblo que desde hace poco más de dos años soporta una arremetida nada más y nada menos que de los dos principales polos del imperialismo: EEUU y la Unión Europea.
A la escandalosa expresión se suma otro elemento utilizado religiosamente por los monopolios (des)informativos como clave segura para justificar desde asesinatos hasta violaciones a la soberanía de los pueblos: armas químicas; llave mágica que se desperdiga irresponsablemente cada vez que se señala a algún “enemigo” del sionismo y que no está lejos de ser más que una de las caracterizaciones del demonio.
En su “análisis”, el señor Tovar también  enumera a los personajes y protagonistas de la trama contra Bashar Al Assad. El clímax es este: Rusia, aliada de Damasco, quiere “mantener su herencia de la extinta Unión Soviética” y ¡atención!: también está Washington “que no quiere involucrarse en la confrontación”.
¿Acaso el periodista no sabe que la ex secretaria de Estado de la Casa Blanca, Hilary Clinton, decretó el derrocamiento de Al Assad como objetivo “diplomático” norteamericano?
Pero hay más: a pesar de que los yanquis “no quieren nada” con Siria, entregan “ayudas no militares” al Ejército Libre Sirio. ¿Será que los miles de dólares invertidos por EEUU en la zona son para financiar nada más que las meriendas de los mercenarios?
Tovar cita sin comillas a un catedrático israelí para lanzar otra perla del discurso mediático intervencionista: “la población entiende que el bombardeo de Israel a Hezbolá busca prevenir un mal mayor”. Es decir, se mata para “contener una amenaza” que, por cierto, fue sembrada por los propios operadores de esta guerra.
Pero el nom plus ultra de la “noticia” son las declaraciones de la “responsable del mundo árabe en el Instituto Europeo del Mediterráneo”, Lurdes Vidal: “en los últimos meses la violencia en Irak ha aumentado por cuestiones internas propias, pero también porque Siria está desestabilizando aún más la fragilidad interna iraquí”.
No fue la invasión de Bush, no fueron los tres billones de dólares destinados para destruir el país, no fue la ocupación de la alianza imperial, no fue el saqueo sistemático de los recursos naturales, no fue la escalada de terror contra el pueblo, no, nada eso: ¡Siria está desestabilizando Irak! Bien lo decía Hemingway: el fascismo es una mentira contada por matones.

sábado, 6 de abril de 2013

Primavera eterna: victoria secreta en el Cuartel de la Montaña



Iba con un poema de Leo Perdomo bajo el brazo, faltaba poco para las 4:25. Llegué al Cuartel pero sin estar del todo. Seguía pensando en la luz de La Habana de hace un mes y que la de hoy no nos sonreía a los que subimos. También mis ojos se quedaron mucho más abajo, por La Cañada, en una pinta callejera que rezaba: “Noel Rodríguez asesinado por Caldera”.

Algunas banderas trasnochadas seguían contando el luto rarísimo en el que nos sumergimos el 5 de marzo. Desde luego, no pude pasar. Unos cañonazos recodaron la hora, pero tampoco me cayó la locha. El encuentro pleno con el lugar vino mucho después: una pequeñita me tropezó y gritó “Chávez vive”. Volteé, su padre ofreció disculpas: “Está aprendiendo a agitar su primera bandera”, me dijo. 

Apreté mucho el poema de Inti. Ahora sí, estaba allí, completica, en mi circunstancia rematada; volvió al quite el dolor, pero también volvió un verso: “Abril/ primavera eterna” y entonces disfruté de mi precaria victoria de acera.

sábado, 9 de marzo de 2013

Tres segundos por una vida de lucha


"No toque el vidrio. No rompa la fila. Camine. Siga por aquí...". Hugo Chávez Frías viste de gala con un traje verde olivo y boina roja. Los puños en alto desfilan a su alrededor. El pabellón tricolor cubre su cuerpo.
Afuera, su "marea roja" le hace frente a un cielo clarísimo y despejado con el precario cobijo de algunos paraguas. La calma es rota esporádicamente por el temor de no lograr sellar con un "hasta pronto" una década de complicidades. En esos instantes, recordando desesperaciones como las de abril de 2002, se oye nuevamente "queremos ver a Chávez".
La respuesta al clamor es irrefutable: "Los tres segundos que tendrán ante el Comandante serán imborrables. No los pierdan por la impaciencia".
Los tres mentados segundos que tarda un venezolano en rendir honores a su líder están precedidos de una eternidad forjada en multitudinarias colas, sometidas a la tiranía de un sol inclemente y apaciguadas por el deseo de decir una vez más "presente".
Antes de la llegada al salón Libertador de la Academia Militar están las conversaciones de la noche anterior, las vicisitudes de un viaje no planificado desde el interior del país, los recuerdos de las movilizaciones pasadas, los reencuentros familiares, la incomprensión del hecho irreversible, el horror de un mal sueño, los cachitos fríos y la bebida caliente.
Al finalizar las procesiones de hasta 24 horas, el dolor se ha modelado por el sudor para convertirse en una serena resignación que se sostiene en un compromiso de continuidad: la consigna "Chávez vive, la lucha sigue" se lanza al viento y aplaca el desgaste.
Las cáscaras vacías de naranjas y las botellitas de agua apisonadas en el barro marcan el sendero desde alguna calzada del paseo Los Próceres hasta la estatua ecuestre del Libertador, última escala antes de divisar el ataúd con los restos del líder de la Revolución Bolivariana.
No bastó repetir incesantemente los versos de Alí Primera: al que murió por la vida se le lloró. La dureza de rostros trajinados por el sufrimiento se quiebra en la escalinata mientras el pasaje "canta canta compañero / que tu voz sea disparo" insiste en ser un mitigador.
Viejas con vestidos sucios, llenos de polvo mantienen una dignidad que no cede a los "espere un momento" de las fuerzas de seguridad. Una de las doñas es Marlene Venegas, conocida como la Caperucita Roja, un emblema del imaginario popular: "el legado de Chávez es esta revolución ¡quién dijo miedo! Se hizo héroe como Bolívar, pero no aró en el mar".
A la sombra mínima de un cañón, Del Valle Brito reposa sus pies cansados. Llegó a las dos de la madrugadas desde San Félix, estado Bolívar: "Él se lo merece y ahora hay que responder. Sembró unas semilla y debemos regarla para que crezca y se multiplique a nivel mundial".
Un sucesión vertiginosa de pequeños detalles alimentaron el tercer día de duelo: el beso de Mahmud Ahmadineyad y su puño al cielo; las lágrimas de Alexander Lukashenko, acompañado de su hijo; los susurros de Evo Morales; el vozarrón de Cristóbal Jiménez; y las manos juntas de los hombres y mujeres que tienen la titánica tarea de darle continuidad al proceso de trasformación.
El funeral de Hugo Chávez no será contado por La Historia, sino construido a modo de rompecabezas por la suma de los miles de "tres segundos" que se plantaron de cara al sol para firmar con su cuerpo un pacto irreversible de libertad.

jueves, 7 de marzo de 2013


Conocí La Habana el día que murió Hugo Chávez
Neirlay Andrade
Conocí La Habana el día que murió Hugo Chávez. Miraba libros viejísimos en un pequeño local y escogí uno de Miguel Bonasso. Las razones fueron dos. La primera es que mis entrañables compañeros Vero Canino y Leandro Albani leen a su compatriota argentino con pasión, así que pensé que podía agregar una complicidad más a nuestra amistad.
La segunda razón no es una razón sino esa rara situación que Lezama Lima llamaba azar concurrente: el libro de Bonasso se titulaba Recuerdo de la muerte. Sonreí. Una hora antes, paseando por los callejones de la ciudad, pensé que mi definición de La Habana sería una luz amarilla y cálida enfrentada con la dura piedra y que la muerte debía ser el cese de esa luz.
Fui hasta la caja y unos cuchicheos que acompañaron mi recorrido entre los anaqueles desde que llegué a la librería ya se habían convertido en lamentos. Una mujer le daba órdenes a otra mientras llamaba por teléfono: “Que diga si es verdad”.
─“¿Qué pasa?”, les dije.
─ “¿Usted es venezolana?”
Asentí y la mujer del teléfono colgó: ─ “El presidente ha muerto”.
Ella me veía con sus ojos grandes y redondos, apoderada de un dolor contenido en el ceño y los labios fruncidos.
Mire otra vez el libro que llevaba en la mano; afuera el viento proveniente del malecón seguía su juego con las hojas. Entonces, pensé que la cálida luz amarilla había cedido al frente frío y que la piedra desconchándose en alguna pared de La Habana vieja persistía en su laborioso derrumbe.
Al día siguiente salí del país gracias a una solidaridad no menos azarosa . Una extraña sacó de su bolsillo el dinero para pagar mi boleto de regreso y en ese momento comprendí que los jodidos contamos con los dedos del que está al lado.
Antes de embarcarme, Cuba me dio el último espaldarazo bajo la figura de un taxista: “Usted está dejando un país libre y allá la espera otro país libre”.
Otra vez pensé en Lezama Lima, en un verso oscuro que me ha acompañado desde hace años y que vuelve con distintas formas, pero siempre en momentos en los que un misterio se ha convertido en una claridad imposible de compartir: “Ah, que tú escapes en el instante en el que ya habías alcanzado tu definición mejor”. 

domingo, 2 de diciembre de 2012


Con los santos no se juega *

Neirlay Andrade

Fotografía de Ambrosio Plaza
—Dos rondas generales y una pregunta por cada tanda. Pica en tres las cartas. No cruces lo brazos, por favor. Para ti sale dinero y fortaleza económica; algunos contratiempos personales, algunas dudas, algunas indecisiones con respecto a la parte laboral…
—Una pregunta…
— ¡No! Todavía no.
Jesús atiende en un piso tres. En el uno hay un montón de velas arrumadas. En el dos, una docena de potes de gasolina vacíos. Al tercero se llega por una estrecha escalera de hierro. El techo es de zinc. Unos bancos de madera sirven de sala de espera. Improvisados restos de latón frenan el avance del sol en la pequeña platabanda. Abajo la avenida Baralt y su locura de cornetas.
—Hay una mujer morena clara, un poco delgada, que sale con malas intenciones hacia ti. También hay un pequeño descontrol, ¡pero ojo; no es brujería!
Son tres cubículos. Los cubren viejas telas descoloridas. “Favor, no entrar si la cortina está cerrada” es la primera advertencia. La segunda es más decisiva: “La casa no se hace responsable de los trabajos no cancelados”.
Una Santa Bárbara negrísima de polvo vigila a los clientes que tímidamente (al principio) se van haciendo un lugar en los bancos. Luego vienen los cuchicheos y los más aventureros revelan confidencias. La pregunta de rigor que inaugura la conversa es: ¿has venido antes?
—Lo llamo pequeño descontrol. Es como un sentimiento superior.  Acaso una obsesión. ¡Contrólate, chica! Las cosas cambiarán a favor tuyo. No se trata de algo esotérico, ¡es física! Si dejas de pensar tanto… ocurre y punto.
El cortejo de estatuillas la sigue el Negro Felipe, el Cacique Guaicaipuro, María Lionza, El Nazareno… “Ese de allá es San Onofre, sirve para el trabajo —explica una mujer con rostro agotado que se rasca una y otra vez la cabeza— y ese de allí es San Lázaro, para los animales. Aquellos de los cuadros son las Siete Potencias ¿las conoces, no?”.
—Otra vez sale dinero para ti. Una firmeza y una fortaleza. La carta de El Loco es el descontrol. La carta de El Diablo son las dudas. Trata de corregir tus pensamientos, tus deseos, tus ganas… ¡Bájale dos, mujer! Imprímele menos velocidad a lo que quieres para que ocurra.

Jesús de Valencia

Jesús tiene 44 años. Viene de Valencia. Anda en camiseta y jeans. Usa zapatos Nike. Flaco, con músculos contorneados y un cuidadoso corte rematado con mucho gel fijador. Habla rápido y abruma con las preguntas a sus clientes.
Tercera advertencia: “La consulta se realiza con cartas o tabaco. Si la quiere con tabaco debe traer el mismo”.
Mientras fuma, revisa el celular con despreocupación. Al lado de su taburete está un potecito para escupir. Se sienta en la entrada del cubículo. El cliente queda escondido en un pequeñísimo espacio debajo de la mirada de las figuritas del altar.
— ¡Ay papá! Tú, mijita, vas a tener una sorpresa sentimental bastante importante… Hay algo que tiene que ver con matrimonio o compromiso. Mira, aquí están: Los Enamorados. Veo embarazo. Entre finales de este año y principios del otro. No veo al tipo…
—Yo tampoco…
—Pero en el ínterin de octubre y enero debe haber persona, relación, estabilidad y embarazo.
Para llegar a Jesús hay que ir hasta la esquina de Plaza Miranda que da a la avenida Lecuna. Se pagan 80 Bolívares. La mitad son para el dueño del negocio; un hombre gordo que atiende en el mostrador, rodeado de matas, jabones y velas. Una ficha de madera que dice “consulta” es el pase de subida.
“Es un don”, declara mientras “prepara” las cartas. Dura pocos segundos murmurando algo ininteligible y comienza la sesión.
—La carta de La Estrella habla de renacimiento y El Mundo es un comodín: te abre las puertas para lo que quieres hacer. Tienes que tratar de no ser lo que aparentas y no aparentar lo que no eres. Sé tú misma.
Se hizo brujo de repente. “De la noche a la mañana estaba leyendo cartas, fumando tabaco; bajaban los muertos y hablan con la gente...”, dice sin ningún énfasis.
Le decían que estaba “embrujado”. Lo estafaron, vendió reloj, cadenas, sortija. Todo para pagar sus consultas y los respectivos “trabajos” que necesitaba para curarse. “¡Era mentira! ¡No tenía nada!”, sonríe y agrega: “o bueno, sí tenía algo… real pa’ la bruja”.

Ni inventamos ni erramos

— Consejo: si hay mucha rabia, escuchamos música. Si hay mucha preocupación, vemos televisión. Si hay mucha molestia, dormimos o hablamos con una amiga…Buscamos siempre una forma de darle salida a la situación, pero no caigas en el licor.
Advierte sobre los límites de su oficio: “Yo no puedo ser preciso. No tengo el libro de la vida. Los hechos son uno, pero las formas son miles. Hago esto con mucha mística, tratando de no engañar a nadie. Digo solamente lo que veo. No invento nada”.
—Necesitas entenderte tú. ¡Valórate! ¡Quiérete! Eso disipa dudas. Creas una sombra que no te permite ver más allá. Hay un ciclo que todavía no se ha cumplido y que se cierra este año: la casa de tus padres, por ejemplo.
Es brujo de lunes a jueves; de nueve de la mañana a doce del medio día. No se puede leer las cartas a sí mismo. Si prueba con el tabaco tampoco es exacto. No se consulta con nadie.
Orgullosamente cuenta que fue presidente de una Casa de la Cultura en Los Guayos, estado Carabobo. “Cuando salgo de acá soy productor musical”, apunta con coquetería.
Trabaja actualmente en un disco de rap y una serie juvenil que él mismo escribió. Tendrá 60 capítulos. Cuando la termine, “con el favor de dios y la virgen”, se “jubila” de la brujería.
“Después de que suelto tabaco y cartas, soy un ser mortal común y corriente. No tengo ni cruces, ni protecciones, ni parafernalias”, dice con solemnidad.

Si los santos quieren…

En el pequeño cuartito de consulta hay un espejo. “nada del otro mundo”, se apura a explicar; “es para que la gente se vea antes y después de que hagan lo que yo les mande. Es para que noten la diferencia.” El resto del tiempo, el espejito y un “saca cejas” son la dupla perfecta para “acomodar” detalles en la cara de Jesús.
La disposición del altar le da igual: “El día que amanezco con ganas de cambiarlos de puesto (a los santos), lo hago. Cuando quiero bañarlos, los baño (a menos que ellos no quieran y eso sí: mandan a un montón de gente a la consulta)”.
Una mujer regordeta, próxima a los cincuenta años, irrumpe con desespero en el caluroso recinto. Su cabello es amarillísimo; capas y capas de rímel cubren sus pestañas. Unas extravagantes pulseras doradas hacen de ella una bulla de paso rápido.
Respira hondo y suelta: “Que dios me perdone por venir a esta vaina… pero el mismo altísimo dice: ayúdate que yo te ayudaré”. Después de dar su versión libre de la flexibilidad del catolicismo suspira y agrega: “no puedo vivir más con esta zozobra”.
Es su turno. Corre con sus tacones de 10 centímetros y comienza la escena:
—Mi marido me engaña con la mujer que trabaja en la casa.
Jesús inicia su ceremonia (“Según este tabaco…”). ¡Oh, sorpresa! No hay cachos esta vez. La mujer no lo cree así. Se levanta arrecha y se larga.
Más digno que nunca, Jesús dice: “Yo no soy una emisora de radio. Yo no digo lo que quieren escuchar. Yo no complazco a nadie… ¡Hoy estoy más brujo que nunca!”.
Más que nunca: Una mujer con una bolsa llena de ganchos de ropa aguarda cabizbaja. No frecuenta estos lugares: “sólo compro mi jaboncito y me echo mi baño con fe”. Pero esta vez se trata de un hijo (o al menos eso dice).
La mujer de todo-se-hace-con-fe cuenta rápido el problemita a Jesús: su chamo se fue de la casa con la novia. Asegura que es una mala mujer y quiere que el pichón vuelva.
Comienzan las bocanadas de humo. Al parecer, al chamo no le va tan mal, es “bueno” y no anda en drogas. Jesús da consejo: déjalo en paz. Ella insiste. De pronto, la sorpresa a mitad de tabaco:
— ¡Crees que soy estúpido!
—¡Disculpe, señor!
La mujer se levanta avergonzada; sale llorando (olvida los ganchos). Nada de hijos descarrilados. Quería al marido de regreso en casa.

Los muertos no reclaman

Jesús usa tarot negro ¿la razón? Fue el que entendió. Con el egipcio no le fue bien. Antes tenía unas cartas “que hablaban más bonito” y admite en voz baja: “el tabaco habla mucho más rápido conmigo”.
Lo más difícil del oficio es “decirle a la gente que no tiene nada”. Anécdota: Un señora se va a someter a una intervención delicada. Puede morir en quirófano. A ella lo único que le importa es el fulano trabajo que le montaron. Jesús le dice que para resolver la brujería que carga encima debe salir primero de la operación. Ella corre, se opera y vuelve: “Listo, qué hay que hacer ahora”. La respuesta: nada.
“Hay que saber hablar y sobre todo, hay que saber mentir”, explica Jesús tras aclarar que “la brujería es un estado mental: Hay cosas que son reales. Hay cosas que son suposiciones y hay cosas que son mentira”.
También está lo duro de la cita ineludible. Jesús la resume así:
—Va a morir pronto.
— ¿Qué hay que hacer?
—…
—¿Cuánto hay que pagar?
—…
¿Se aflige Jesús por esto? No. Repite: “tengo mi terapia: soy brujo de nueve de la mañana a doce del día”. Además, “el muerto jamás viene a reclamar que me equivoqué” y agrega en tono menos burlón: “La brujería no es mentira, es real. Yo sí que soy real. Trato de ser justo”.
Unas últimas palabras:
—Hazte un favor…
— ¡Claro!, usted no más mande.
—No creas tanto en brujería. No te consultes para que no te contaminen. Y una última cosa…
— ¿Diga?
—Aléjate de mí.
Siguiente, por favor…

* Publicado en la revista Épale Nº 10. Domingo 01-12-2012, Pág. 9-12